Flores de otoño

Cempazúchitl: floreces cada año. Siempre amarrilla, naranja o roja. Además,  olorosa. Vienes acompañada de un relato sobre los muertos. Tan idolatrados y temidos por este pueblo milenario.   Te niegan, pero te siguen adorando. Coloreas los mercados, los hogares y las ofrendas. Nunca te ausentas de las festividades dedicadas al trasmundo. En el Micltán te han de tener por reina y patrona de todos los afortunados que han perecido y trascendido está existencia tan sufrida.

Contigo siempre hay un acompañante. No por obscuro y humeante, menos representativo de semejante convite: el copal. Fragancia exquisita que anuncia la llegada, por unos días, de los muertos.  Tanto él, como tu, purifican el alma pecaminosa y lasciva de los vivos.

Pero hay más… en esta magna celebración a los que ya se fueron p´al más allá,  existe un rito opíparo, majestuoso y dulce. En el cual haces gala de tu prescencia. En él se colocan  las mejores viandas mundanas. También papel de china de colores, muchos colores.   Todo un festín para los que ahora enaltecemos como semidioses etereos.  Nos acompañan por un par de noches, para “convivir”.  Incluso, el manjar, ni nosotros los vivos, lo gozamos: la ofrenda para los muertos. Ahí se depositan Calaveras de azucar, dulces, tequila, panes, refrescos,  frutas, luces y flores de otoño. Todos ellos prohibidos por nuestras madres y abuelas; porque se nos pican los dientes.

Lindas flores de otoño. Tan lindas como los atardeceres y las hojas secas por pisar.

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