Nitimur in vetitum

 

Nitimur in vetitum[1]

 El antrobus. Una vez que todo y todos están a bordo de los autobuses, nos encaminamos a la ciudad prometida. Justo al arranque del motor ocurre una transustanciación.[2] El trayecto es de cinco a ocho horas para los estudiantes de la UNAM. La hora de salida es el crepúsculo. El sol no es aliado de la fiesta; porque de noche todos los gatos son pardos. Que el traslado sea en menor o mayor tiempo depende de sí el autobús tiene o no baño –esto es importante para los que están bebiendo alcohol, si no está equipado lo retrasan  por las constantes paradas en gasolineras y casetas–,  del azar, del congestionamiento vial y de la ruta que se tome. Esto para los antrobuseros pasa a segundo término porque se introducen en una caja de pandora. El tiempo y el espacio no interesan. Sólo al chofer y a los guías. El chofer sabe, está enterado, de lo que sucederá en las horas de viaje. No puede ni debe entrometerse, él está ahí para conducir y llevar a su destino a la grey enfiestada.

    Lo que sucede en el antrobus se queda en el antro-bus. Los por menores y detalles son secretos que no revelaré en este relato. Los que hayan tenido la oportunidad de viajar en uno de estos vehículos dionisiacos los sabrán muy bien; los que no lo sepan se quedaran con las ganas. Son hechos que no se pueden revelar así como así. Sólo puedo –así me lo dicta la consciencia– advertir que se recrean las bacanales. La fiesta que ahí se desarrolla está bendecida. No puedo jurar en vano, en nombre de Dios.

Horas después… Arribamos al destino: Guanajuato, Guanajuato. Algunos, los menos,  continúan bebiendo. Beodos prolíficos. El alcohol los ha embellecido, los ha hecho aún más sabios e inteligentes. Antes de subir al camión estudiaban una disciplina; al bajar sabrán de todo. Son galanes, dicharacheros, intentan ligarse a las compañeras. Unos lo logran, otros no. Depende de la habilidad y “pegue” de cada quien, y de la disposición de las mujeres. 

      Madrugada del día siguiente. El toreo es el lugar de descenso. Ahí se dirigen todos los autobuses. Por el diseño de la ciudad no pueden circular en las calles. Es importante recordar que el último día del Cervantino, después de la clausura y cuando los cohetes retumben en el cielo, uno se debe dirigir al toreo para subir al autobús y regresar al lugar de origen.

      A estas alturas muchos ya se conocen. Han intercambiado cigarros, vasos,  “toques”; sonrisas, risas, miradas, palabras, abrazos, besos. El lubricante social, el alcohol dinamizó el encuentro de los individuos. Algunos debaten a niveles desgarradores, las entrañas de la realidad son devoradas por sus bocas. Otros devoran la boca de otros. La mayoría de los viajantes, 30 de 40-45,  durmieron. Listos para hacerle frente al próximo traslado. A la casa de huéspedes. Uno de los guías busca el camión con ruta al centro de la ciudad. Lo encuentra. Regresa por el rebaño desmañanado. Los pastorea. Se mueven como vacas, están aturdidos, encamorrados, sus actos reflejos son torpes.

    Los demás coordinadores le dan alcance al que hace las veces de Moisés. Porque a estas alturas, los dipsómanos, toman ciertas atribuciones que les ha conferido el permanecer despiertos al lado de los guías. Que regularmente son dos o tres. Entonces, todos “los coordinadores”, dirigen, beben, platican, ríen. Los verdaderos coordinadores están atentos de cada movimiento, cuidando a los borrachos y de los que no bebieron.

    Para el coordinador-guía la satisfacción es enorme. Se tiene una posición de mando, que otorga ciertas concesiones. Las mujeres se acercan a ti, los compañeros te invitan cualquier cosa: comida, bebida, drogas o la fiesta. Te conviertes en un referente. Enaltece tu ego. No hay necesidad de buscar pertenencia, todos pertenecen a ti. Tienes el control. Conoces la situación, la has repetido los últimos años.

    La horda entusiasmada aborda el camión de pasajeros. El chofer y el chalán están a la expectativa, cuentan las cabezas a lo lejos; recordemos que se trata de un rebaño. Para ellos cada cabeza significa dinero, diez pesos. Más cabezas, más dinero. El coordinador-alfa sube un peldaño de las escaleras del camión; hace resonar el altavoz: ¡tuuuuuuuuuu!, la siguiente emisión es su voz: ¡suban!, ¡Es este! Su posición lo hace envanecerse. Mientras espera el ascenso de la turba, observa a las mujeres. Coquetea con algunas, les sonríe, les guiña el ojo. Paso de Moisés a dandy. Entonces le comenta a su amigo –el otro guía–,  en un tono socarrón: – ¿!Cómo ves!? Está chida la francesa, ¿no?

– Sí, ¡ahuevo! Pero yo la vi primero.

– Ya veremos a quién le hace caso.

– ¡Ya veremos! Nada más no te vayas a enchilar.

– Cámara. No se diga más.

   Arriba, en el camión. Mochilas, sleepings, bolsas de plástico, botellas de agua de diez litros mezcladas con Tang y mezcal –horchatinol–, casas de campaña,  grabadoras, entre otras herramientas de placer, son las necesarias para los días porvenir. No se necesita más. La gente va tomando otra actitud, se van despabilando.

Amanece, la luz del sol revitaliza. Comienza el intercambio de miradas y sonrisas entre mujeres y hombres. ¡Aquí sí existe la equidad de género!, se está en la ciudad del pecado. El pecado iguala. Las mujeres eligen al macho ansioso de sexo. Ellas también lo están. Pero tienen la gran ventaja de elegir. Es una falacia machista pensar que los hombres son los que es-cogen a las mujeres. La fascinante naturaleza inconsciente de la mujer cautiva, envuelve, atrapa. El problema radica en lo que se captura, puede salirse de control, ser mayor a sus fuerzas.

  Reubicación del escenario. En un túnel subterráneo de la  fastuosa ciudad de Guanajuato. He de señalar que la belleza urbanística comienza desde las entrañas de la ciudad. Los vehículos automotores no perturban del todo la arquitectura del paisaje, circulan por donde les corresponde, debajo de la tierra.  El grupo camina sobre una de las aceras del túnel. Se escuchan risas, gritos, silbidos, agua correr, el motor de un automóvil o un camión, todo en eco. El túnel provoca la repetición sonora. Para un puñado de chiquillos es una oportunidad fantástica para escuchar su propia voz. Los gritos se incrementan, sobre todo entre los beodos.

-¡Chinga tú madre! 

A lo lejos se repite: – ¡Chinga tú madre!, ¡Chinga tú madre!….

-¡Chinga la tuya!

A lo lejos resuena: ¡Chinga la tuya!, ¡Chinga la tuya!….

-Se escuchan las risas del grupo.-

    Todos continúan disfrutando del momento. Cualquier oportunidad para el desmadre se aprovecha. Nadie está ahí para darse baños de pureza. Caminan otros metros, la luz natural se percibe. Provoca ansiedad en el grupo, más gritos de alegría. Al salir del túnel suben unas escaleras. Se asombran del lugar, del paisaje urbano. Algunos tienen hambre y quieren dejar sus cosas para desayunar. Otros quieren establecerse de inmediato para continuar la fiesta. Los pocos quieren descansar un rato más, dormir cómodos, como Dios manda.

        Uno de los guías se adelanta a negociar con el dueño de la casa albergue. No tarda. En unos minutos regresa a informar al grupo de la ubicación de la casa. Pide que lo sigan. Comienza la caminata en tropel. Sólo unos minutos hasta llegar a un callejón. Otra maravilla característica de Guanajuato, donde “la vida no vale nada”. Todos suben en fila india, hasta encontrarse con unas escaleras. La ciudad está ubicada entre los montes, por lo que toda la ciudad son rampas, escaleras; subidas, bajadas; desniveles, vados. Las suben, se encuentran con dos puertas, penetran en la de la derecha. Adentro, en la casa, se desenvuelve una casa surrealista, la disposición espacial la hace parecer aún más grande. Pareciera un dibujo de Echer: escalones, escaleras, puertas, cuartos, personas; escalones, escaleras, puertas, ventanas, pasillos, personas, cuartos, así, ad infinitum. Simplemente maravilloso.

     Horas después del reparto y acomodo en las habitaciones. He terminado mi jornada laboral, no volveré a ser ninguna función que requiera desgaste de energía para con los demás. A menos de que se trate de una mujer, reasumiré mi posición de poder. Salgo de la casa, bajo las escaleras y la rampa para llegar a la avenida. Al fin quedo libre de la carga que representa el quedar bien con los demás. Mi ultra-individualidad retorna pura. Soy el único y mi propiedad. No necesito a nadie más. Como antes había estado en otros Cervantinos, conozco a la perfección la ciudad. Sé de los teatros, los lugares para comer, beber, pasar la tarde y reventar.

    Viene a mi mente una pregunta, la que todos los humanos del mundo se plantean por lo menos una vez al día: ¿Qué hago?  La contestación es instantánea. La mente pregunta, el estómago contesta: ̶ Ve a comer al mercado Hidalgo, muero de hambre. El pensamiento y el acto son uno mismo. Ya estoy caminando mientras me planteo la pregunta. Ante la duda… acción. Llego al mercado. Es una construcción que data de finales del siglo XIX.  Edificio monumental que albergaba la antigua plaza de toros. El diseño es muy acorde con la moda europea de la época. Se erigió por petición de Porfirio Díaz a propósito   del festejo del centenario de la Independencia de México.

     El bullicio y los productos que se venden son muy similares a los que se expenden en otros mercados del país. El folclor es el mismo. El sincretismo cultural los ha alterado en menor medida, la esencia no se pierde. Cambian algunos detalles. Son parte inalienable de la cultura mexicana, milenarios. Antes de la conquista española ya existían.  Se han adaptado, evolucionan. Lo más interesante y lo que ningún otro mercado del país tiene: las tortas de carnitas. Deliciosas. Pequeñas pero sustanciosas. Dos y un refresco de cola son suficientes para saciar el hambre de un hombre atlético de 1.76 metros y 75 kilos de peso.

   Ese mismo día; minutos antes de la fiesta, en la noche… Guardo mis posesiones en la mochila y dejo preparado el sleeping para dormir al regreso. Sólo o acompañado, esa es la cuestión trascendental.  De la casa albergue que está justo frente a la Comercial Mexicana al Bar Fly, en la calle de San Roque, son entre veinte y treinta  minutos caminando. Guardo mis posesiones en la mochila y dejo preparado el sleeping para dormir  (no sé a qué hora ni que día).  Bajo unas escaleras, salgo de la casa, llego a la avenida Juárez. Vislumbro un infinito de personas. Jóvenes en su mayoría. No lo pienso, camino  con y contra la corriente. El estómago me recuerda que no he comido. En una pizzería me detengo, pido dos rebanadas hawaianas, un refresco y el estómago regresa al silencio. Continúo mi trajín. Siento curiosidad y ansiedad.  Me pregunto: ̶ ¿Con quién estará ese cabrón? La ruta hacia el antro ̶ bar es muy bonita, más en la noche. Guanajuato es una ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad. Paso por el mercado Hidalgo, la iglesia San Belén, la plaza San Fernando, el Palacio Legislativo, la Basílica de Nuestra Señora de Guanajuato [3], Jardín de la Unión, Templo San Diego y Teatro Juárez[4],  Museo iconográfico del Quijote, puente El campanero, Teatro Cervantes y la Plaza Allende.  O sea, ir a la fiesta en el Bar Fly incluye un paseo cultural.

     La entrada al bar es otra odisea: “hacer fila” para entrar, platicar con beodos noctámbulos, dejarse revisar por un tipo que presume –su cara deformada lo refleja ̶  ser ex boxeador, hasta la subida por unas escaleras rojas, muy empinadas y exóticas. Adentro, en el primer piso, lo primero que se siente es el calor humano y el olor a marihuana. Es un hormiguero rasta, fumigado con humo espeso. Busco entre los zánganos a mi amigo. Lo encuentro. Está acompañado  ̶ o él acompaña ̶  a uno de los grupos que vienen con nosotros en el camión. Casual: es el de las chicas extranjeras. Entre ellas la francesa. La causalidad continua: él baila con ella. Se percata de mi presencia. Me observa. Sonríe burlonamente. Le regreso el detalle. Al acercarme, la chica, me ve, se alegra, me abraza. Al oído me dice:

 ̶ ¡Allo, Monsieur!

Contesto  ̶ ¡Allo, Mademoiselle! Comment ca va?

 Nos miramos.  Volteo a guiñarle el ojo a mi amigo. Sonrío. La noche termina.

  Dos noches después, minutos antes  de la clausura, en el túnel que da hacia la Alhóndiga de Granaditas, a un costado de las vallas que ha dispuesto la autoridad para restringir el acceso al gran evento; ansioso, a la espera de que alguien se presente revendiendo su boleto, aparece. Es una anciana. Se muestra preocupada, comenta:

  ̶ No va haber sillas y yo no puedo estar parada mucho tiempo; tampoco sé cuál es el grupo que va a tocar.

 En mis adentros siento un cosquilleo vacuo en la boca del estómago. Aprieto la mandíbula, se dilatan las pupilas. Pienso: Yo sí lo sé. Nervioso y emocionado le digo:

  ̶ ¡Señora!, ¡señora! ¡Véndame un boleto!

  –Sí, mijo

 ̶ ¿En cuánto?

 Reflexiona un segundo – Mejor te lo regalo

  ̶ ¿¡En serio!?  

 –Sí. A mi me los regalaron. 

Me lo entrega. Sonriente

  ̶ ¡Muchas gracias!

Regreso emocionado a la casa albergue. Me encuentro a mi amigo y le presumo mi adquisición.

– ¡Te lo dije! Subo rápido a arreglar mis cosas.

     Las dejo preparadas para ir a recogerlas al terminar el concierto e irme al toreo. Bajo las escaleras, me dirijo a la Alhóndiga. Una vez más en el retén, paso las vallas y el cerco de seguridad. Llego a una puerta con dos edecanes que revisan los boletos. Se los muestro. Lo rompen, me devuelven una parte. Camino en la oscuridad, tras el escenario, a la expectativa. De pronto, aparece la tribuna y la calle aledaña a la misma… ¡hasta la madre! La plancha  de asfalto semivacía. Es para los  que tenemos boleto. No cualquiera tiene acceso.

       El fervor de lo que está por concluir para siempre se percibe. Las almas poseídas están alborotadas. La mía no es la excepción. Un calor muy especial se distribuye por el cuerpo. Síntoma irrefutable del éxtasis que significa ese instante. De un  momento a otro la plancha se llena. El concierto comienza. Lo mejor del mundo. Insuperable, el pináculo de mi vida. El tiempo transcurre incesante. Canción tras canción. Saltos, gritos, baile, entusiasmo. En lo que se percibe como la última canción, en el escenario, empiezan a tomar su lugar,  uno a uno, los integrantes de una  orquesta.  No me lo creo. Fussible+Bostich, con su  tablero electrónico monumental de 2001: Odisea del espacio en el centro del escenario y las proyecciones digitales estroboscópicas van a tocar junto con la Internacional Banda de Música del estado de Zacatecas. Surreal. Me tomo el cabello. La orquesta se prepara. Silencio absoluto. Deja sonar las primeras notas. ¡Es Polaris!  El poder sonoro de la orquesta retumba en el cielo. Todos se sumen en un éxtasis orgiástico colectivo. Es brutal. No contengo la energía en mi cuerpo ni en mi lengua: ¡Nitimur in vetitum! ¡Nitimur in vetitum!


[1] Nitimur in vetitum semper cupimusque negata; sic interdictis imminet aeger aquis… Nos lanzamos siempre hacia lo prohibido y deseamos lo que se nos niega; así acecha el enfermo las aguas prohibidas. Ovidio, Publio.  La frase que le otorga el título al cuento la retomé del libro de Friedrich Nietzsche, Ecce Homo. Tengo por costumbre, al salir de viaje, llevar uno o dos libros. El libro antes citado lo leía en el Cervantino.

[2] En este caso no ocurre como en la transustanciación del pan y vino al cuerpo y la sangre de Cristo. Sino que el autobús se transustancia en antrobús. Metamorfosis kafkiana. Descabellada como lo que está por vivirse.  

[3] Justo frente a la Basílica y unos metros adelante, durante gran parte del día y unas horas de la noche, se presentan diferentes artistas callejeros y personajes sui generis: malabaristas, payasos, cirqueros, teatreros, estatuas humanas, quirománticos, adivinos, juglares, trovadores, entre muchos otros. 

[4] Estos tres equipamientos conforman, a mi parecer, el corazón palpitante del Cervantino. Ahí se congrega una gran cantidad de personas y entes fantásticos. Las estudiantinas, tríos, mariachis y algún otro instrumentista desbalagado que se deja escuchar en el lugar.  Grupos de Jóvenes, unos bebiendo y otros no, gritan “chichis pa´la banda” a alguna mujer atrevida y exhibicionista que se tambalea sobre los hombros de algún hombre; juegan, se abrazan, bailan, cantan, se avientan confeti, espuma o serpentinas. Es una verbena popular. La alegría de vivir.

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